MORIMOS

Amarte es el mejor regalo que la vida pudo darme.

No sé si el destino existe, si las cosas están escritas en alguna parte o si nosotros somos quienes, al mirar hacia atrás, trazamos líneas entre los acontecimientos para encontrarles un sentido. Pero sé que, desde que formas parte de mi historia, hay capítulos que ya no puedo imaginar de la misma manera. No porque todo deba girar alrededor de ti, sino porque ahora existe alguien cuyo bienestar, cuya felicidad y cuyos sueños ocupan un lugar genuino en mi manera de pensar el mañana.

Y eso me lleva a otra palabra.

Futuro.

Durante mucho tiempo, el futuro puede parecerse a un camino cubierto de niebla: sabes que debes avanzar, aunque no siempre sepas hacia dónde. Imaginas posibilidades, haces planos, cambias de rumbo y aprendes que la vida rara vez respeta el orden en el que intentaste organizarla. Hay cosas que llegan antes de que estés preparadas y otras que nunca llegan, por mucho que las hayas esperado.

Pero hay personas que no necesitan mostrarte el final del camino para querer querer recorrerlo.

Tú eres una de ellas.

Cuando pienso en el futuro contigo, no imagino una vida perfecta, libre de dificultades, donde los días malos sean expulsados ​​de nuestro calendario y las dudas desaparezcan para siempre. Imagino algo mucho más humano: dos personas que siguen encontrándose incluso después de los días difíciles; conversaciones que nos permitan comprendernos mejor, manos que se buscan después del cansancio y una intimidad que no depende de que todo marche bien para seguir existiendo.

Imagino mañanas que todavía no tienen fecha, en las que quizás el sol entre por una ventana distinta a la de hoy. Imagino aprender tus nuevas costumbres, descubrir tus nuevas canciones favoritas y escuchar las historias que todavía no te han ocurrido. Imagino que algún día recordaremos cosas que hoy nos parecen insignificantes y nos sorprenderá descubrir cuánto significaron. Imagino que el tiempo habrá cambiado nuestros rostros, nuestras prioridades y hasta la manera en que pronunciamos ciertas palabras, pero que todavía podremos mirarnos con esa ternura que nace cuando uno reconoce en el otro no solamente a quien tiene enfrente, sino también a quien ha acompañado durantes años.

No necesito conocer cada detalle de ese futuro para desearlo.

Me basta con saber que, si la vida nos permite elegir una y otra vez, quiero seguir encontrando razones para elegirte. No por inercia, ni por temor a la soledad, ni porque crea que el amor deba convertirnos en personas incapaces de existir por separado. Quiero elegirte porque, pudiendo construir mi vida de muchas maneras, hay una que me emociona especialmente: aquella en la que también puedo conocer la tuya desde cerca.

Y quizás sea eso lo que significa sentir plenitud.

No tenerlo todo. No dejar de desear. No alcanzar una cima desde la que ya no existe nada más por descubrir. Quizás la plenitud sea algo mucho más discreto: ese instante en el que no necesitas que el mundo entero cambie para reconocer la belleza de estar aquí; cuando comprendes que la felicidad no siempre llega como un acontecimiento extraordinario, sino que a veces se sienta a tu lado, te cuenta cómo estuvo su día y convierte una tarde cualquiera en un recuerdo que deseas conservar.

Contigo, lo cotidiano puede adquirir una profundidad inesperada.

Y entonces comprendo que el hogar no siempre es una dirección, una habitación o un techo que nos protege de la lluvia. A veces es la sensación de poder bajar la guardia sin tener que desaparecer detrás de ella; es encontrar a alguien ante quien puedes mostrar tus partes más torpes, tus dudas y tus contradicciones sin sentir que por eso deja de merecer cariño. Es saber que puedes ser escuchado sin que cada emoción tenga que convertirse en una explicación perfectamente construida.

Para mí, hogar también es esa calma que aparece cuando estoy contigo. Esa manera en que tu presencia puede hacer que el ruido del mundo parezca alejarse un poco, no porque los problemas dejen de existir, sino porque durante un momento ya no tengo que enfrentarlos todos a la vez. Es la tranquilidad de compartir el silencio, de reírnos por algo que quizás nadie más encontraría gracioso, de descubrir que no todas las cosas valiosas necesitan ser extraordinarias para volverse inolvidables.

Y si alguna vez me preguntaron dónde encontrar una de las formas más hermosas de sentirme vivo, no señalaría un lugar en el mapa.

Pensaría en ti.

Pensaría en la manera en que tu voz puede devolverme al presente cuando mi mente se pierde demasiado lejos; en cómo una sonrisa tuya puede recordarme que todavía hay belleza en los días que parecen no ofrecer nada nuevo; en la ternura que encuentro al descubrir que alguien como tú me permite formar parte de su mundo. Pensaría en todo lo que siento cuando recuerdo que, en algún lugar de esta inmensidad, existe una persona con su propia historia, sus propios pensamientos y sus propias preocupaciones, que ha abierto un espacio en su vida para compartirlo conmigo.

Y qué manera tan extraña de sentirse vivo: descubrir que otra persona puede importarte tanto sin dejar de ser una desconocida en ciertos rincones de su alma; comprender que jamás podrás habitar por completo su mundo interior, pero que aún así puedes pasar una vida entera llamando a sus puertas con amor, respeto y curiosidad.

Tal vez por eso te amo.

No porque hayas venido a completar una mitad que no podía sostenerse por sí sola, sino porque, siendo una persona entera, has encontrado una manera de compartir tu existencia con la mía. No porque me hayas entregado un propósito que antes no podía tener, sino porque, desde que te conozco, hay propósitos que ahora deseo construir contigo. No porque hayas eliminado de mí toda oscuridad, sino porque tu amor me recuerda que la oscuridad no tiene por qué ser el único paisaje que conozcas.

Y ahora, después de tanto hablar de nacer, de crecer, de creer, de imaginar el futuro y de encontrar un hogar en la presencia de alguien, regreso a la última palabra.

Morimos.

Hay algo profundamente desconcertante en saber que todo cuanto conocemos está atravesado por un límite. Las manos que hoy podemos sostener no permanecerán siempre al alcance de las nuestras. Las voces que hoy escuchamos algún día dejarán de pronunciar palabras nuevas. Los lugares cambiarán, los calendarios se agotarán y nosotros, que tantas veces actuamos como si dispusiéramos de un tiempo infinito, descubriremos que la vida nunca nos prometió permanecer.

Y no quiero pensar en eso para entristecer lo que siento por ti.

Quiero pensarlo porque me recuerda su valor.

Si el tiempo fuera infinito, quizás aplazaríamos los abrazos, dejaríamos las palabras importantes para después y supondríamos que siempre habría otra oportunidad para demostrar aquello que sentimos. Pero la vida es demasiado frágil para confiarle todo al mañana. Por eso quiero decirte hoy que eres importante para mí. Quiero demostrarte hoy que te amo. Quiero aprender hoy las maneras en las que necesitas recibir cariño, descubrir qué te hace sentir comprendida y encontrar formas de acompañarte que no dependan únicamente de mis intenciones, sino también de lo que verdaderamente necesitas.

No puedo prometerte que nunca cambiaré, que jamás cometeré errores o que sabré responder correctamente a cada desafío que encontremos. Puedo prometerte algo más honesto: que quiero seguir aprendiendo, que quiero hacerme responsable de mis actos y que deseo que mi amor sea algo que puedas reconocer no solamente en mis palabras, sino también en la manera en que te trato cuando la vida deja de ser sencilla.

Porque amarte no significa tener la certeza de que el mundo nos concederá todo el tiempo que deseamos. Significa comprender que el tiempo que compartimos merece ser vivido con intención.

Y si algún día, al mirar hacia atrás, descubro que la vida ha pasado más deprisa de lo que imaginaba, quisiera recordar que no me limité a atravesarla. Quisiera recordar las veces que te hice reír, las conversaciones que nos permitieron conocernos mejor, las dificultades que nos enseñaron a tratarnos con más cuidado y los pequeños instantes en los que ninguno de los dos necesitó nada extraordinario para sentirse feliz.

Quisiera recordar que estuve ahí.

Que no dejé que todo mi amor se quedara atrapado en las cosas que pensé decirte. Que no confundí la costumbre con la presencia ni di por sentado el privilegio de compartir mis días contigo. Que comprendí, mientras todavía podía hacerlo, que amar a alguien también consiste en prestar atención a la vida que está ocurriendo frente a nosotros.

Porque, al final, quizás no podamos elegir cuánto durará nuestra historia, pero sí podemos cuidar la forma en que la escribimos mientras exista.

Y entonces vuelvo al principio.

Nacemos sin saber lo que significa vivir.

Crecemos intentando comprenderlo.

Creemos haber encontrado respuestas, hasta que algo nos demuestra que todavía quedan preguntas.

Y morimos, dejando atrás todo aquello que alguna vez sostuvimos entre las manos.

Pero entre el primer aliento y el último existe ese espacio irrepetible al que llamamos vida. Un espacio lleno de encuentros improbables, despedidas inevitables, aprendizajes tardíos y momentos tan pequeños que podrían pasar inadvertidos si no nos detuviéramos a contemplarlos.

Y en ese espacio estás tú.

No como una respuesta a todas las preguntas del universo, ni como una promesa de que nada volverá a doler, sino como una de las cosas más hermosas que me ha permitido conocer.

Tú, que no cambias el hecho de que algún día moriré, pero sí ha cambiado algunas de las razones por las que me emociona estar vivo.

Tú, que no puedes concederme la eternidad, pero con quien deseo compartir el tiempo al que me pertenece.

Tú, que has hecho que el futuro deje de parecerme únicamente algo que llegará y comenzará a parecerse a algo que podemos construir.

Y si algún día alguien me preguntara qué hice con la vida que me fue concedida, quisiera poder responder que aprendí, que cambié, que me equivoqué, que volvió a intentarlo; que encontré belleza en cosas que antes no sabía mirar y que tuve la fortuna de amar a una persona cuya existencia se convirtió tantos instantes comunes en algo extraordinario.

Quisiera decir que, entre todas las cosas que pude llegar a ser, también fui alguien que te amó.

Que te amó en el presente, cuando todavía podíamos compartir las horas sin saber cuántas nos quedaban; que te amó en los días luminosos y que aprendió a cuidar de ese amor cuando las circunstancias exigieron algo más que palabras; que no necesitó comprender todos los misterios de la existencia para reconocer el privilegio de haberte encontrado.

Porque quizás vivir consiste en eso: en recibir un tiempo que no nos pertenece del todo y encontrar dentro de él algo que nos haga querer estar presentes.

Y tú, amor mío, eres una de las razones más hermosas por las que quiero estarlo.

Nacemos, crecemos, creemos y morimos.

Pero antes de morir, vivimos.

Y yo quiero vivir sabiendo que te amé.

Gracias por leer hasta aquí, Gracias por tu amor, gracias por ser mi luz, Gracias por resistir y vivir con mucha fuerza
Te amo, esto es nada comparado a lo que soy capaz de hacer por ti.
Por más momentos contigo y nuestras bendiciones, te amo ojitos <3