Nacemos, crecemos, creemos, morimos

Para la mujer más hermosa del mundo

Nacemos.

Y qué curioso resulta pensar que nuestro primer acto en este mundo es existir sin saberlo. Abramos los ojos sin comprender la luz, respiramos sin conocer el valor del aire y lloramos sin entender que, algún día, habrá lágrimas cuyo origen no podremos explicar. Llegamos aquí desprovistos de respuestas, sin siquiera haber formulado las preguntas. Somos una posibilidad que respira, una historia que todavía no conoce sus palabras, un cuerpo que permanece vivo sin saber qué significa estarlo.

Quizás nacer no sea más que eso: comenzar sin comprender.

Crecemos.

Y con el tiempo aprendemos a nombrar las cosas, a distinguir el dolor de la felicidad, la compañía de la soledad y el cariño de aquello que solamente se le parece. Vamos recogiendo fragmentos del mundo, algunos nos construyen y otros nos rompen; aprendemos a protegernos, a esconder partes de nosotros mismos y, a veces, a confundir el simple transcurso de los días con el verdadero acto de vivir.

Porque crecer no necesariamente significa comprender. Uno puede acumular años sin encontrar un motivo, conocer millas de rostros sin sentirse acompañado y despertar cada mañana sin preguntarse si realmente está viviendo o si simplemente ha aprendido a continuar.

Y entonces creemos.

Creemos que sabemos lo que queremos, que entendemos lo que sentimos, que podemos explicar con palabras aquello que ocurre dentro de nosotros. Creemos en nuestras convicciones, en nuestros propósitos, en las pequeñas certezas que nos permiten avanzar por un mundo que nunca termina de explicarse.

Hasta que aparece alguien.

Y, sin proponérselo, comienza a cuestionar todo aquello que creíamos comprender.

No porque destruya nuestras certezas, sino porque nos muestra que todavía existen cosas que no habíamos conocido; que hay sentimientos para los que no teníamos palabras y formas de experimentar la vida que jamás habríamos imaginado. De pronto, lo cotidiano adquiere otro significado. El tiempo deja de medirse únicamente en horas, porque también existen los instantes que quisiéramos detener; y el futuro deja de ser una sucesión de días desconocidos para convertirse en la posibilidad de compartirlos con alguien.

Y es aquí donde apareces tú.

Porque antes de ti yo ya existía, por supuesto. Mi corazón ya latía, mis pulmones ya conocían el aire y mis ojos ya contemplaban el mundo. No llegaste a enseñarme a respirar, pero has conseguido que me detenga a pensar en el privilegio de hacerlo. No creaste mis días, pero has dado lugar a momentos que ahora guardo como si el tiempo, por una vez, hubiera decidido regalarme algo que no quiero perder.

Me haces pensar que quizás estar vivo no consiste únicamente en permanecer aquí, sino en encontrar aquello que nos hace sentir que nuestra presencia en este mundo tiene una profundidad que antes desconocíamos.

Y tú, amor mío, has llenado de significado lugares de mí que ni siquiera sabía que estaban vacíos.