CREEMOS

Qué extraño verbo. Basta una letra para que la vida cambie de dirección: creemos, y de pronto construimos realidades que antes solamente habitaban nuestra imaginación. Creemos en el mañana sin haberlo visto; creemos en las promesas sin haberlas recorrido; creemos que algunas personas pueden encontrarnos en medio de un mundo inmenso y hacer que la inmensidad deje de parecernos tan solitaria.

Pero también creemos cosas equivocadas. Confundimos el miedo con la prudencia, la costumbre con la felicidad y la distancia con la indiferencia. A veces levantamos paredes para proteger el corazón y terminamos convirtiendo nuestra propia casa en una prisión. Nos convencemos de que conocemos los límites de nuestra capacidad para amar, hasta que alguien llega y nos demuestra que todavía hay sentimientos para los que no habíamos encontrado una medida.

Tú me haces pensar en todo aquello que aún no sé.

No porque tengas que enseñarme a vivir, ni porque debas cargar con la responsabilidad de hacerme feliz, sino porque tu presencia despierta en mí el deseo de comprender mejor la vida que ya tengo. Me haces querer ser más consciente de mis palabras, más cuidadoso con mis actos, más capaz de ofrecer aquello que tantas veces he deseado recibir. Y descubro que hay una diferencia enorme entre querer ser amado y querer aprender a amar bien: lo primero puede nacer del anhelo de encontrar refugio; lo segundo exige que también aprendas a convertirte en uno.

Quiero ser refugio para ti, pero no el lugar al que tengas que escapar del mundo, sino aquel al que puedas regresar sin sentir que debes defenderte de él. Quiero que mis brazos sean una pausa y mis palabras, cuando el día haya sido demasiado duro, una manera de recordarte que no tienes que resolverlo todo en un solo instante. Quiero escucharte incluso cuando todavía no sepas cómo explicar lo que sientes; acompañarte en los silencios que no necesitan respuestas y celebrar contigo aquellas pequeñas victorias que quizá nadie más alcance a comprender.

Y quiero que sepas que, cuando te digo que te amo, no hablo únicamente de lo que provocas en mí. Hablo también de lo que deseo para ti, incluso en aquellos días en los que tus necesidades no coincidan con las mías. Hablo de la voluntad de conocerte una y otra vez, de no dar por terminado el descubrimiento de tu persona, de recordar que compartir una vida con alguien no significa llegar a conocerlo por completo, sino encontrar belleza en seguir haciéndolo.

Porque tú no eres importante solamente por cómo me haces sentir.

Eres importante por quien eres.

Por esa existencia tuya que ya tenía una historia antes de encontrarse con la mía; por los pensamientos que guardas, por los sueños que persigues, por las pequeñas particularidades que te convierten en alguien que no podría ser reemplazado por otra persona sin que el mundo perdiera algo de su forma. Si el universo hubiese alterado una sola de las innumerables coincidencias que nos trajeron hasta aquí, quizá jamás habría conocido la manera en que tu presencia transforma mis días. Y me parece extraordinario que, entre tantas vidas posibles, haya tenido la oportunidad de conocer precisamente la tuya.