CRECEMOS
Y quizás eso sea lo extraordinario de encontrarte con alguien: descubrir que dentro de nosotros existían habitaciones que nunca habíamos visitado, ventanas que jamás habíamos abierto y rincones que permanecían a oscuras, no necesariamente porque nos faltara algo, sino porque ignoramos que podíamos iluminarse. Entonces llegas tú, sin prometerme el sol, y de alguna manera hasta mis sombras aprenden a convivir con la luz.
Me pregunto cuántas cosas de mí habrían permanecido dormidas de no haberte conocido. Cuantas palabras habrían muerto en mi garganta, cuántas sonrisas habrían pasado inadvertidas, cuántas tardes habrían sido únicamente tardes y cuántas noches habrían terminado sin dejarme nada más que el recuerdo de haberlas atravesado. Porque antes de ti el tiempo también avanzaba, pero ahora existen momentos en los que quisiera pedirle que caminara más despacio, como si pudiera negociar con el universo unos segundos adicionales para contemplar aquello que me hace feliz.
Y es curioso, porque nunca he podido detener el tiempo, pero contigo he aprendido a habitarlo.
A veces pienso que crecer consiste en aprender a desprendernos de las cosas: de la infancia, de ciertas ilusiones, de las versiones de nosotros mismos que ya no reconocemos. Crecemos dejando partes de nuestra historia en lugares a los que probablemente nunca volveremos. Nos acostumbramos a que todo cambie, a que incluso aquello que alguna vez juramos eterno termine convirtiéndose en un recuerdo. Y quizás por eso, sin darnos cuenta, comenzamos a vivir con cierta cautela; aprendemos a no sostener demasiado fuerte aquello que nos importa, como si querer algo con demasiada intensidad pudiera anticipar su pérdida.
Pero entonces te encuentro a ti, y hay algo en tu manera de quererme que me invita a reconsiderar esa costumbre.
Porque contigo no quiero aprender a retener el mundo entre mis manos; Quiero aprender a sostenerlo sin lastimarlo. Quiero comprender que amar no consiste en detener el crecimiento de las cosas, sino en acompañarlas mientras cambian. Que no necesito pedirle a una flor que permanezca eternamente abierta para agradecerle el tiempo que floreció. Y, sin embargo, si la vida me concede la fortuna de contemplar muchas de tus primaveras, quiero estar ahí, descubriendo las nuevas formas en las que puedes florecer, incluso cuando ni tú misma sepas todavía en qué te convertirás.
Quiero crecer contigo, pero no para convertirnos en una sola persona, sino para que dos vidas distintas encuentren la manera de caminar en una misma dirección sin dejar de pertenecerse a sí mismas. Quiero conocer las versiones de ti que todavía no existen, aquellas que el tiempo irá escribiendo sobre tu piel, tus pensamientos y tus sueños. Quiero que tengas espacio para cambiar de opinión, para equivocarte, para descubrirte y para sorprenderte de ti misma; que mi amor no sea una jaula adornada de flores, sino un jardín donde puedas echar raíces sin dejar de extender tus ramas hacia el cielo.
Porque si algo deseo para ti es que, al amarme, no tengas que hacerte más pequeña para caber en mi vida. Quiero que tu existencia se expanda, que tus sueños encuentren espacio, que tu voz nunca tenga que pedir permiso para ser escuchada. Y si algún día el mundo te convence de que eres demasiado poco, quisiera poder recordarte, con mis palabras y mis actos, que nunca ha necesitado disminuir tu luz para merecer que alguien la contemple.
Y entonces vuelvo a aquella tercera palabra.
Creemos.